Crisis hídrica en Santa Fe: “una parte del sur de la provincia se hunde”

 

Un grupo técnico oficial sostiene que el régimen de lluvias no alcanza a explicar la crisis, y apuntan que los suelos no absorben por la elevación de la napa

La gravísima crisis hidrológica en el oeste de la provincia se explica sobre todo por los cambios en el uso de la tierra derivados del modelo productivo, una situación puesta en mayor evidencia por algunos cambios climáticos que si bien empeoran la ecuación, no alcanzan para explicar por qué una parte del sur de la provincia “se hunde”.

Así lo entiende un grupo de técnicos del sur de Santa Fe (GTSSFe) compuesto por profesionales del Inta Venado Tuerto, Ministerio de la Producción, Facultad de Agrarias de la UNR y Grupos Crea, que comenzaron hace un tiempo a estudiar las razones por las cuales las napas freáticas del suroeste provincial están cada vez más cerca de la superficie a pesar de que en la actualidad hay muchas más obras hídricas que hace 30 años.

Según explicó Mario Monti, miembro de ese grupo de expertos, a pesar de que las lluvias en la región no variaron considerablemente en las últimas décadas en los últimos años las napas freáticas se elevaron en toda la región agrícola, y particularmente en los departamentos que pertenecen a la “Pampa arenosa”.

“Lo que cambió en los últimos 20 años fue el uso del suelo”, argumentó el ingeniero agrónomo, quien agregó que se invirtió la proporción de territorio dedicado a la agricultura y a la ganadería: mientras que hace dos décadas era 25 por ciento agricultura y 75 por ciento ganadería y pasturas, hoy es al revés.

Además, agregó otro elemento a tener en cuenta: durante los años 70 casi no había obras hídricas en el sur de Santa Fe, y sin embargo los anegamientos eran mucho menores. “Estas obras son necesarias para regular el agua, pero no son suficientes”, advirtió.

Entonces, ¿qué ha cambiado?: “Es cierto que el clima cambió y que hay un poco más de lluvia acompañada de núcleos de tormenta que lanzan una cantidad desacostumbrada de agua y eso es un problema, pero existe otro problema no considerado que es el modelo de uso del suelo”, razonó el experto.

Monti señaló que por ejemplo en el departamento General López, en los últimos 30 ó 40 años pasaron de tener un 30 por ciento de producción agrícola y el resto pastizales y pasturas a un porcentaje inverso en la actualidad, lo que llevó a un ascenso de las napas hasta pocos metros de la superficie.

“Al subir la napa los suelos han perdido capacidad de regular los excesos hídricos y hoy cualquier lluvia por encima de valores promedios bajos genera escurrimientos de agua, cuando antes se incorporaba al perfil del suelo. Perdimos la capacidad de reservorio del agua”, dijo.

Viejos paradigmas.

Esa pérdida de suelo por elevación de napas produce enormes problemas, y uno de ellos es la inundación de los caminos y pequeñas rutas rurales vitales para sacar la producción durante los meses de cosecha y que es la queja número uno de los productores cuando el agua apura.

Esos caminos rurales (mal mantenidos y erosionados) funcionan como lugar de almacenamiento del agua de los campos. El problema es que los colectores o desagües pensados en su momento para sacar el agua hoy no dan abasto porque fueron diseñados para evacuar otro caudal.

“Las obras quedaron chicas y dejaron de cumplir su función, porque todo se planificó para otro uso del suelo, no para este”, dijo Monti. Por eso, lo primero que aparece es la necesidad urgente de ordenar el territorio y “ser más inteligentes, acorde a la potencialidad ambiental y al clima actual. Necesitamos ordenarnos como sociedad y eso incluye por supuesto un Estado más eficiente”, razonó.

Existe además otro sinsentido del actual modelo agrícola sobre el cuál alertó Monti: los cultivos que hoy reinan en la Pampa agrícola (soja sobre todo, pero también maíz) en febrero o a más tardar marzo entran en madurez fisiológica, lo que significa que las plantas dejan de crecer y de consumir agua.

El problema es que es también la época del año (fin del verano y otoño) cuando se produce la mayor cantidad de lluvias: “En otoño no tenemos nada que consuma agua porque los cultivos se están secando, toda esa lluvia de otoño no se consume, sobra, y eso coincide con la cosecha y la necesidad de tener los caminos secos”, agregó el especialista.

El informe realizado por el grupo de expertos fue elaborado sobre la base de estudio de un área piloto que abarca una subcuenca de Venado Tuerto, Maggiolo, San Eduardo y otras localidades de la zona vecinas (la llamada “Pampa arenosa”), donde aplicaron un modelo computarizado elaborado en base a datos reales del lugar.

Esto incluye la cuenca de La Picasa y de Melincué, todas zonas con producción agrícola importante.

Propuesta

La propuesta básica del grupo de técnicos es consumir el agua en el lote, para lo cual hace falta prepararse y tener en cuenta las variaciones del clima para cada territorio: “Con este modelo de agronegocios hacemos el mismo cultivo en todos los ambientes desde Bahía Blanca hasta el norte, pero ¿acaso no llueve distinto en cada región?”, se preguntó.

Por eso es necesario ajustar los modelos de producción a las condiciones actuales. Para eso “no hace falta volver a los 70” porque todo cambió, pero si entender que pasturas y forestación son los mejores reguladores para garantizar la sustentabilidad de los suelos.

“No queremos volver a los 70, pero hay que ver cómo reemplazar ese efecto perdido de las pasturas. Es importante tener pasturas no sólo porque consumen agua, también garantizan biodiversidad y otros servicios ecosistémicos”.

Según detalló, mientras un cultivo anual consume 600 milímetros de lluvia por año, un doble cultivo consume 900, una pastura de gramillas y alfalfa 1.200 y una zona forestada hasta 1.600 milímetros anuales.

Otro rol fundamental para el consumo de agua es el de la forestación. En ese sentido, Monti explicó que con 20 a 25 mil hectáreas forestadas en la zona de La Picasa se podría haber evitado la necesidad de financiar, construir y mantener una estación de bombeo: “Con forestación hubiésemos reemplazado esa extracción de agua mecánica, y de paso podríamos producir madera, y trabajo, y riqueza y desarrollo”.

“Así como está planteado el agronegocio genera grandes impactos ambientales, hay que entender que si podemos mitigar esos impactos negativos el agronegocio también saldría beneficiado. Llegamos al punto en el que hay que atender esto con seriedad”, dijo el ingeniero agrónomo.

Antecedentes

El grupo de estudio, que comenzó a trabajar en 2015, todavía está en proceso de construcción y evolución. Monti comenzó a analizar el tema con el evento de El Niño del 98/99. Hace dos años, cuando se hablaba de que el Niño 15/16 también iba a ser fuerte, desde el Inta se planteó el problema.

“Desde el Ministerio de la Producción habíamos empezado a desarrollar un programa que se discontinuó sobre reducción de la vulnerabilidad, entendiendo que muchos de los problemas del sector agropecuario obedecen a un problema climático real, y otra parte se amplifica por cuestiones de mal manejo en el lote”, explicó el experto.

La idea de ese programa era interpretar esas cuestiones y largar recomendaciones para disminuir el impacto del clima. Desde ese concepto Monti fue convocado por el consejo local asesor, aunque las cosas quedaron en stand by hasta que el Niño 15/16 reavivó la idea de que había que empezar a intervenir.

El grupo se formó con expertos de la facultad como Montico, de Crea de Venado, del Inta y del Ministerio de la Producción.

“La gente del Crea estaba trabajando en cómo impactaba el uso del suelo en la napa freática a nivel lote, Montico tiene experiencia en ordenamiento territorial y el Inta Venado y lo mío venía con más experiencia local”, agregó Monti.

La Capital (Rosario) 

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