En el norte de Córdoba, y particularmente en el área de influencia de Deán Funes, la ganadería de cría forma parte de la identidad productiva de la región. Son sistemas que históricamente se desarrollaron sobre grandes superficies, apoyados principalmente en el pastizal natural y en recursos forrajeros cuya producción está fuertemente condicionada por la distribución y variabilidad de las precipitaciones.
La cría bovina es, además, una actividad de gran importancia social y económica para esta región. Sin embargo, la variabilidad climática introduce una gran limitante donde ya no alcanza con disponer de superficie, también es necesario disponer de alimento en el momento en que el rodeo lo necesita. La planificación forrajera y el equilibrio entre oferta y demanda son determinantes para definir la carga animal y sostener los índices reproductivos. Los trabajos desarrollados por INTA en el Campo Experimental Anexo Deán Funes a cargo del Ing. Torcuato Tessi, muestran precisamente el potencial de los sistemas de cría del noroeste cordobés y, al mismo tiempo, la importancia de contar con estrategias que permitan afrontar los períodos de déficit forrajero.
En este contexto aparece una pregunta diferente: ¿qué ocurriría cuando una pequeña parte de esa superficie deja de depender exclusivamente de la lluvia y se incorpora el riego como herramienta para producir forraje? La respuesta puede modificar la estructura completa del sistema.
El riego como herramienta para transformar el sistema
El valor del riego en ganadería no está solamente en producir más kilos de materia seca por hectárea. Su verdadero valor aparece cuando esos kilos adicionales se transforman en alimento, luego en carne y finalmente en margen económico.
Un ejemplo permite dimensionar este cambio. Un cultivo de sorgo para silaje con riego suplementario puede cómodamente alcanzar una producción del orden de 10.000 kg de materia seca por hectárea, una pastura megatérmica en secano, con alrededor de 600 mm de precipitaciones, puede ubicarse en torno a los 4.000 kg MS/ha. La diferencia es significativa, pero todavía más importante es lo que ocurre después: esa mayor disponibilidad de forraje permite disponer una mayor carga animal y generar una oferta de alimento mucho más previsible.
En términos de capacidad de carga de cada recurso, en base a los números anteriores, calidad de cada recurso y eficiencia de uso, se estima en 0,69 EV/ha para pasturas megatermicas y de 2,95 EV/ha para el silaje de planta entera bajo riego. Cuando se calcula la carga global de un sistema con un 10% de silaje bajo riego y el resto (90%) de pasturas megatermicas esta queda en 0,91 EV/ha, lo que representa un incremento del 33% contra un sistema puramente basado en pasturas megatermicas (0,69 EV/ha).

Esto permite pensar el riego de una manera diferente. No necesariamente se trata de transformar todo el establecimiento en un sistema intensivo. Por el contrario, una de las posibilidades más interesantes para los sistemas de cría del norte cordobés es incorporar pequeñas superficies estratégicas de riego que funcionen como verdaderos «motores forrajeros» dentro de un sistema predominantemente pastoril.
Imaginemos un establecimiento de 200 hectáreas. En una situación de secano, con una carga equivalente a 137 EV (0,69 EV/ha), la incorporación de apenas 20 hectáreas bajo riego puede llevar la capacidad total del sistema a aproximadamente 182 EV (0,91 EV/ha), manteniendo las restantes 180 hectáreas en secano. Esto significa que solamente el 10% de la superficie pasa a estar bajo riego, pero la capacidad de carga del establecimiento aumenta un 33%.
Sin embargo, este aumento en la capacidad de carga no necesariamente se traduce en igual aumento en la producción de carne y en última instancia en los ingresos del predio. El uso estratégico del forraje producido en la superficie bajo riego, y su capacidad de diferir su aprovechamiento sin afectar su calidad puede repercutir positivamente en los índices reproductivos (% destete) y en el peso y precio de venta de los vientres de descarte (por cambio de categoría).
Esto, puede implicar que el aumento en la producción de carne se sitúe por encima del 45 % cuando se comparan los sistemas. El Ingeniero Valdez ya en 2013 determino en un sistema de cría en el noroeste cordobés, al incorporarle un 7% de superficie de cultivos para silaje (en ese caso en secano), la producción de carne aumentaba un 28%.

El aumento de la capacidad productiva también implica una nueva estructura de costos. En el ejemplo planteado, pasar de 137 a 182 EV no se logra únicamente incorporando 20 hectáreas de riego, sino generando en esa superficie un recurso forrajero de mayor productividad y disponibilidad.
Las 20 hectáreas destinadas a silaje de sorgo bajo riego incorporan costos específicos de implantación y producción: semillas, fertilizantes, labores y riego, que en conjunto se estiman en aproximadamente U$S 300/ha. A esto se suman los costos propios de transformar el cultivo en un alimento utilizable por el rodeo —picado, acarreo, confección y almacenamiento—, estimados en aproximadamente U$S 370/ha.
En contraste, las hectáreas de pasturas megatérmicas en secano mantienen un costo anual de implantación y mantenimiento mucho menor, estimado en aproximadamente U$S 10,38/ha.

El dato es relevante. Ya no se trata simplemente de comparar «riego versus secano» por hectárea, sino de analizar cuánto puede modificar una pequeña superficie intensificada el funcionamiento de todo el establecimiento.
Las 20 hectáreas regadas pueden aportar una reserva estratégica de forraje, sostener una mayor cantidad de vientres, mejorar la disponibilidad de alimento en momentos críticos y reducir la necesidad de recurrir a compras externas cuando el sistema entra en déficit. En otras palabras, el riego puede actuar como un seguro productivo, pero también como una herramienta para potenciar la productividad del sistema y/o intensificarlo. Y es justamente allí donde aparece la dimensión económica.
El análisis no debería detenerse en los kilos de materia seca producidos ni en la diferencia de carga animal. El verdadero resultado debe medirse en la capacidad de ese forraje adicional para generar kilos de carne y, finalmente, mejorar los ingresos del establecimiento.

Por eso, la pregunta económica no debería ser solamente cuánto cuesta instalar el riego, sino cuánto valor adicional es capaz de generar ese sistema.
Si el incremento de producción forrajera permite aumentar la carga, mejorar la estabilidad del rodeo y generar más kilos de carne por hectárea, el excedente producido puede contribuir al repago de la infraestructura de riego. De esta manera, la inversión deja de analizarse exclusivamente como un costo y comienza a evaluarse como una herramienta para generar capacidad productiva.

De la ganadería extensiva a un sistema más previsible
En el norte de Córdoba, existe una variabilidad de las precipitaciones que puede generar fuertes diferencias en la oferta de forraje entre campañas. En los sistemas de cría, esas diferencias no se expresan solamente en menos kilos de pasto: pueden terminar afectando condición corporal, preñez, parición, destete y, finalmente, los kilos de ternero producidos por hectárea.

Por eso, incorporar riego significa darle mayor estabilidad. El establecimiento continúa aprovechando sus recursos naturales y su superficie de secano, pero incorpora una herramienta capaz de producir alimento con mayor previsibilidad, reduciendo el riesgo climático.
El desafío para la ganadería de cría del norte de Córdoba no es necesariamente producir todo bajo riego. Es encontrar dónde y cuánto riego incorporar para que sea una herramienta de planificación ganadera.
Y probablemente allí esté una de las claves para pensar la ganadería que viene: no necesariamente una ganadería con más superficie, sino una ganadería capaz de producir más y con mayor previsibilidad sobre la misma superficie.
Fuente: REGANTES
Transformar forraje en mas carne: riego en zonas marginales – Regantes














































