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Agricultura

Chicharrita y cogollero: del pánico al manejo

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En una Jornada en Villa Trinidad, la Red de Manejo de Plagas de Aapresid convocó a especialistas y empresas para debatir sobre dos de las principales plagas de maíz en la zona.
El pasado Jueves 26 de Marzo en Villa Trinidad, centro de Santa Fe, la Red de Manejo de Plagas de Aapresid (REM) ofreció su primera Jornada testimonial de 2026, en este caso para debatir estrategias de manejo para dos plagas que preocupan en la zona: Dalbulus maidis (chicharrita del maíz) y Spodoptera frugiperda (gusano cogollero). El debate contó con la presencia de Alejandro Vera (Estación Experimental Obispo Colombres de Tucumán – EEAOC) y de Martin Galli (asesor privado y Coordinador de AAPPCE). 

La jornada incluyó además una recorrida por ensayos para conocer el comportamiento de biotecnologías, insecticidas químicos y biológicos para el control de ambas plagas, aportadas por las empresas. 

La última parada vino de la mano de la firma especializada en drones Toppul, con quien se debatieron aspectos de calidad de aplicación y efectividad de equipos para el control, tanto de chicharrita como cogollero.  
 
La jornada incluyó demostraciones con drones para control de chicharrita y cogollero
Chicharrita: convivir con la plaga y manejar el riesgo sanitario

En el caso de Dalbulus maidis, Alejandro Vera y Martín Galli coincidieron en que el foco ya no está en eliminar la plaga, sino en reducir su capacidad de generar daño a partir del manejo de la población y su infectividad.

Galli describió el escenario actual de la región como un punto de inflexión: “Este año tuvimos el desafío de tener chicharrita a la siembra del maíz tardío, con un adelantamiento en la detección de la plaga de 60 a 80 días respecto a la campaña pasada”. Este anticipo generó incertidumbre inicial, especialmente en planteos tardíos, pero también dejó aprendizajes. “Con monitoreo y tratamientos químicos a tiempo lo que vemos a campo son maíces espectaculares, con menos del 1% de sintomatología e infectividad muy baja, entre 0 y 3%”, afirmó.

Uno de los conceptos más relevantes fue la ausencia de umbrales estrictos, propia de una plaga vectora. “En una plaga que es vector, no hay umbrales”, sostuvo Galli, aunque planteó un rango orientativo: “Media chicharrita por planta o entre media y una es el límite para el control químico”. 

El monitoreo se consolidó como la herramienta central del manejo. La estrategia propuesta incluye evaluaciones de al menos 200 plantas por lote, organizadas en estaciones de 50, con foco en adultos migrantes en estadios tempranos y seguimiento posterior de ninfas. “Monitoreos criteriosos son la clave para promediar la incidencia y saber dónde estamos parados”, explicó Vera, y agregó, “aplicar sólo por ver una chicharrita en el lote es el peor error”. 
Martín Galli puso el foco en el monitoreo como la clave para decidir sobre Dalbulus maidis.
Además, se destacó la importancia del enfoque espacial, ya que la plaga suele ingresar por los bordes. También se repasó donde poner el ojo durante los monitoreos según la etapa del cultivo: de emergencia a V4, habría que buscar adultos en cogollo, de V4 a V8 adultos en cogollo y ninfas en estratos inferiores, mientras que de V8 a V12, adultos y ninfas en toda la planta.
Otro aspecto clave fue la incorporación del análisis de infectividad como herramienta para anticipar decisiones. Aunque su obtención presenta desafíos, Vera subrayó su valor: “tener una foto de infectividad antes de la siembra es una buena decisión. El objetivo: infectividad menor al 10%”. En combinación con los datos de abundancia, permite dimensionar el riesgo sanitario real.

En cuanto al control químico, los especialistas coincidieron en que el objetivo no es lograr eficacias totales, sino reducir la proporción de individuos infectivos. “Las chicharritas portadoras son muy sensibles a los insecticidas, por lo que cada control elimina lo enfermo”. Esto redefine el concepto de éxito en el control y explica por qué, aun con presencia de la plaga, los cultivos pueden mantener bajos niveles de daño.

Finalmente, se insistió en la necesidad de pensar el manejo de manera integral y continua. “Estamos todo el tiempo gestionando la población de la campaña que viene”, resumió Galli, destacando la importancia de intervenir sobre factores como el maíz guacho, las fechas de siembra y la dinámica regional de la plaga. 

En esa línea, los especialistas coincidieron en que lo que pase la próxima campaña dependerá del ambiente: “una helada temprana podría reducir las poblaciones, como ocurrió en la campaña previa. Bajo esta lógica, no habría que apuntar a controles apurados e innecesarios, sino a guardar la bala de plata para colocarla en el momento justo”. 

Cogollero: cambios en el comportamiento y decisiones más finas

En relación al cogollero (Spodoptera frugiperda), la jornada puso en evidencia un escenario en evolución, con señales de cambio en la susceptibilidad a tecnologías Bt y modificaciones en el comportamiento de la plaga.

“Los primeros quiebres a la tecnología Vip3A se detectaron en Corrientes y luego en el centro de Santa Fe. Pero durante la última campaña también se observaron en regiones como el NOA, donde además, se registró un cambio en el hábito de la plaga, con ataques más frecuentes sobre la espiga, un comportamiento que genera preocupación y obliga a replantear estrategias”, adelantó Vera.
Vera advirtió que el avance de cogollero sobre las espigas delata un cambio de hábitos de la plaga y desata preocupación en el NOA. 
En este contexto, se remarcó la importancia de interpretar estos procesos de manera regional. Las diferencias entre NOA, NEA y la región central implican que la evolución de la resistencia y la performance de las tecnologías no será homogénea. Por eso, uno de los desafíos es evaluar cómo responden los distintos eventos apilados en cada ambiente productivo.

El monitoreo vuelve a ser la base de las decisiones. Para cogollero, se recomendó utilizar la escala de Davis, por su buena correlación entre severidad del daño y tamaño de la oruga. El criterio de intervención se ubica en torno a un 20% de plantas con daños en escala 2-3, lo que indica la presencia de larvas pequeñas, menores a 1,5 cm, y permite lograr controles cercanos al 90%. En esa línea, Vera fue categórico: “uno de los principales problemas es la demora en la detección: en muchos casos, las aplicaciones se realizan cuando las orugas ya superaron ese tamaño, reduciendo la eficacia de los tratamientos”.

En este escenario, la rotación de modos de acción y el ajuste fino de los momentos de aplicación se vuelven claves para sostener la efectividad de las herramientas disponibles. Al igual que con chicharrita, el mensaje final fue claro: el manejo exitoso depende menos de recetas generales y más de la capacidad de leer cada lote y actuar en el momento oportuno.
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